martes, 10 de julio de 2007
Agustín anda perdido
Eran ya las 12 pasado meridiano, se suponía como todas las cosas de este mundo que suelen suponerse, que mi tío Valentín estaría esperándome en el terminal, pero creí que ya había pasado bastante rato desde las 10.30 anterior a meridiano, y me decidí a caminar. Caminé, caminé, caminé y caminé, y sólo sabía que debía llegar a la comuna de Providencia, y al no saber dónde se encontraba, utilizé mis dotes periodísticos y me puse a preguntar; la respuesta que logré entender, entre el chicleo, la mala modulación, y la buena "onda" de las personas fue que se encontraba hacia la cordillera.
Y partió mi viaje, mi mamá me había pasado una tarjeta BIS, BIM, BIP, algo así, pero entre las cantidad de cosas que traía, no la encontré, y tuve que gastar dinero del que me había dado mi hermano para comprarme un helado de esos que muestran en la tele que son gigantrópodos, y que uno se lo tiene que comer con cuchara, porque sino, se le cae. Compré la tarjetita, y me subí a una micro, que era bastante distinta a las del sure, porque allá son pequeñas y aquí eran laaargas, pero como no, si iba llena, si con suerte logré llegar a la primera puerta. Estando arriba pregunté dónde me tenía que bajar, pero como no tenía una dirección clara, sólo me dijeron "yo te aviso". Y pasarón calles, y calles, y unas iglesias, y muchas tiendas con varias cosas que no había visto nunca, y de repente, "ahora! bájate!" y ahh, todo asustado apreté el botón anaranjado y la micró no paraba nunca, comenzó mi desesperación, hasta que bruscamente frenó...
jueves, 28 de junio de 2007

Tan sólo un minuto
El cañonazo de las 12 retumbaba en los oídos de quienes transitaban por los alrededores del majestuoso cerro Santa lucía. Los paseos comerciales de Santiago recibían a sus visitantes, con su ir y venir, de tienda en tienda, de local en local viendo artículos para el hogar, probándose ropa para el próximo invierno, los remedios, el helado, viendo vitrinas sin poder comprar los 20 productos que se encuentran en oferta. La última semana del mes de marzo, los cuerpos agitados se topaban con otra gente >> igual de apurados <<, el sol, la ropa ni de invierno ni de verano, solo ropa, provocaban una sensación algo sofocante en el ambiente. Junto con aquellos transeúntes, estaban los vendedores, ofreciendo todo tipo de productos, de variadas características y servicios. Bebidas, helados, objetos de belleza, cd´s, y así hasta completar una gran lista.
El reloj del Banco del Estado marcaba las 13 horas, y el espacio comenzaba a completarse con la gente que suplían las vacías filas, en las que esperaban sus alegres cajeras para entregar su agradable servicio. El aire, acomodado a la temperatura adecuada, sufría cierto cambio, al ir ingresando los cuerpos, que llevando consigo boletas en mano, maletines, carteras, y bolsas, las cuales fueron llenadas con productos que anteriormente se compraron en los paseos comerciales de Santiago, veían hacia donde se tenían que dirigir.
Marcaban ya las 13 y 30 minutos de aquel día viernes, y las puertas giratorias de la entrada, cada vez giraban más y más, así como también los laberintos marcados por las barreras (que llegan hasta las cajas de pago, depósitos, entre otros), recibían a sus apurados seres que con caras impacientes y talvez algo aquejumbrados miraban la radiante sonrisa de la cajera haciendo las transacciones y llamando número por número a su nuevo personaje frente a la ventana. Y la fila se hacia interminable, y quedaban tan solo 10 minutos para el cierre del local. Cada par de pies moviéndose en su metro cuadrado esperando que su turno llegara y pudiera dar paso a su transacción. En la fila principal el movimiento de algunos pies de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba con una variación constante, hacía resonar las tablas del piso que hacían la espera aún mas interminable.
El último día, era la última oportunidad para pagar cuentas, depositar dinero, pagar las patentes, hacer todas las cosas que se pueden hacer durante toda la semana, y mas aún, durante todo el mes, pero que por una extraña razón, mucha gente prefiere dejar aquellos trámites para los momentos en donde concurre la mayor cantidad de gente.
Y las puertas se cierran, y comienza la llegada de dos a tres personas que en las afueras del banco piden poder entrar, ellos dicen -tan sólo un minuto-, pero el guardia ya a hecho su labor, y el horario debe cumplirse, el minuto ya no sirve, el dinero se perdió, y las puertas no se vuelven a abrir hasta que comience el mes de abril.
Tomás Matus
martes, 26 de junio de 2007
pero uf! todo se verá en el camino! y como el vaivén de un columpio, alcanzando distintas velocidades, sintiendo pesos y no pesos, baúl de recuerdos y mágico castillo de sueños, comienza ésta historia, un tanto desordenada pero ya empezada.