
Tan sólo un minuto
El cañonazo de las 12 retumbaba en los oídos de quienes transitaban por los alrededores del majestuoso cerro Santa lucía. Los paseos comerciales de Santiago recibían a sus visitantes, con su ir y venir, de tienda en tienda, de local en local viendo artículos para el hogar, probándose ropa para el próximo invierno, los remedios, el helado, viendo vitrinas sin poder comprar los 20 productos que se encuentran en oferta. La última semana del mes de marzo, los cuerpos agitados se topaban con otra gente >> igual de apurados <<, el sol, la ropa ni de invierno ni de verano, solo ropa, provocaban una sensación algo sofocante en el ambiente. Junto con aquellos transeúntes, estaban los vendedores, ofreciendo todo tipo de productos, de variadas características y servicios. Bebidas, helados, objetos de belleza, cd´s, y así hasta completar una gran lista.
El reloj del Banco del Estado marcaba las 13 horas, y el espacio comenzaba a completarse con la gente que suplían las vacías filas, en las que esperaban sus alegres cajeras para entregar su agradable servicio. El aire, acomodado a la temperatura adecuada, sufría cierto cambio, al ir ingresando los cuerpos, que llevando consigo boletas en mano, maletines, carteras, y bolsas, las cuales fueron llenadas con productos que anteriormente se compraron en los paseos comerciales de Santiago, veían hacia donde se tenían que dirigir.
Marcaban ya las 13 y 30 minutos de aquel día viernes, y las puertas giratorias de la entrada, cada vez giraban más y más, así como también los laberintos marcados por las barreras (que llegan hasta las cajas de pago, depósitos, entre otros), recibían a sus apurados seres que con caras impacientes y talvez algo aquejumbrados miraban la radiante sonrisa de la cajera haciendo las transacciones y llamando número por número a su nuevo personaje frente a la ventana. Y la fila se hacia interminable, y quedaban tan solo 10 minutos para el cierre del local. Cada par de pies moviéndose en su metro cuadrado esperando que su turno llegara y pudiera dar paso a su transacción. En la fila principal el movimiento de algunos pies de arriba hacia abajo, y de abajo hacia arriba con una variación constante, hacía resonar las tablas del piso que hacían la espera aún mas interminable.
El último día, era la última oportunidad para pagar cuentas, depositar dinero, pagar las patentes, hacer todas las cosas que se pueden hacer durante toda la semana, y mas aún, durante todo el mes, pero que por una extraña razón, mucha gente prefiere dejar aquellos trámites para los momentos en donde concurre la mayor cantidad de gente.
Y las puertas se cierran, y comienza la llegada de dos a tres personas que en las afueras del banco piden poder entrar, ellos dicen -tan sólo un minuto-, pero el guardia ya a hecho su labor, y el horario debe cumplirse, el minuto ya no sirve, el dinero se perdió, y las puertas no se vuelven a abrir hasta que comience el mes de abril.
Tomás Matus