Mi abuela siempre me decía "abrígate niño! que te vas a agarrar un bicho y te enfermarás", y a lo dicho, hecho. Apenas llegué a Santiago me agarré ese bicho. Son esas coincidencias que uno no quiere que sucedan, pero el destino ya las trae escrita en sus páginas. Estornudo tras estornudo; la mochila pesada llena de regalitos de mi mamá para mis tíos santiaguinos; el bolso con ropa para sobrevivir dos meses y mi teclado gigantón, eran mis pertenencias, que no siendo pocas, me hacían la llegada no muy grata.
Eran ya las 12 pasado meridiano, se suponía como todas las cosas de este mundo que suelen suponerse, que mi tío Valentín estaría esperándome en el terminal, pero creí que ya había pasado bastante rato desde las 10.30 anterior a meridiano, y me decidí a caminar. Caminé, caminé, caminé y caminé, y sólo sabía que debía llegar a la comuna de Providencia, y al no saber dónde se encontraba, utilizé mis dotes periodísticos y me puse a preguntar; la respuesta que logré entender, entre el chicleo, la mala modulación, y la buena "onda" de las personas fue que se encontraba hacia la cordillera.
Y partió mi viaje, mi mamá me había pasado una tarjeta BIS, BIM, BIP, algo así, pero entre las cantidad de cosas que traía, no la encontré, y tuve que gastar dinero del que me había dado mi hermano para comprarme un helado de esos que muestran en la tele que son gigantrópodos, y que uno se lo tiene que comer con cuchara, porque sino, se le cae. Compré la tarjetita, y me subí a una micro, que era bastante distinta a las del sure, porque allá son pequeñas y aquí eran laaargas, pero como no, si iba llena, si con suerte logré llegar a la primera puerta. Estando arriba pregunté dónde me tenía que bajar, pero como no tenía una dirección clara, sólo me dijeron "yo te aviso". Y pasarón calles, y calles, y unas iglesias, y muchas tiendas con varias cosas que no había visto nunca, y de repente, "ahora! bájate!" y ahh, todo asustado apreté el botón anaranjado y la micró no paraba nunca, comenzó mi desesperación, hasta que bruscamente frenó...